Abrazo a los papás en su día
Papá, mi ceiba.
Cuando llegué a la casa, ya estabas muerto, papá.
¿Quién taló mi ceiba erguida que daba protección, cobijo a toda la familia? Habías resistido tantas tempestades y relámpagos, habías librado tantas batallas a diario contra una enfermedad cruel que te paralizó la mitad del cuerpo, te arrancó el habla; pero nunca el coraje de vivir que creí vivirías a perpetuidad.
No sé si era un código de honor, pero nunca te vi llorar, así que tampoco lloro y todavía traigo las lágrimas atoradas en la garganta.
Me cambié a tu cuarto y duermo en tu cama, del mismo lado que tú dormías, en el mismo lugar que dirigiste tu muerte, llevando el control de los latidos de tu corazón hasta el último suspiro; así tu cama no está vacía, la lleno de amor todos los días.
La ceiba no había sido talada, reverdeció en mi alma y es más frondosa. Para los mayas era símbolo de sabiduría, grandeza, bondad. Mi ceiba no morirá jamás, sigue siendo mi refugio y mi fuerza. Crece con en el tiempo, es eterna. Gracias papáááááááá!