Los 13 de julio siempre fueron, para nosotros, días sagrados.
Mamá era un hada. Pertenecía más al cielo que a la tierra.
Su amor, su confianza, sus desvelos, su protección y su aliento nos hacían sentir únicos e irrepetibles, dignos de todos los sueños. Ese fue su mayor legado.
Hoy me siento recia como las montañas, serena como nuestro mar, feliz, inmensamente feliz, como quienes son capaces de rozar el cielo con sus dedos.
A veces me pregunto si debería llorar por no poder abrazarte; pero descubro que eres tú quien sigue abrazándome con una fuerza que desafía al tiempo. Tus brazos invisibles detienen mis lágrimas y una paz infinita recorre mi alma, esa paz luminosa que nos regalaste como despedida cuando nos dijiste “adiós”.
Hay ausencias que no vacían la vida; la colman de una presencia silenciosa que te hace sentir amada para siempre.