Mi padre escogió el 4 de noviembre para celebrarlo; se convirtió en uno de los días más importantes en nuestra familia.
Crecimos bajo la sombra protectora de una Ceiba frondosa de cuyo tronco robusto se alimentaron nuestros sueños.
Su vida no fue fácil, desafío tormentas; pero cuando una cruel enfermedad dejó inmóvil la mitad de su cuerpo por 23 años y lo atrapó en los laberintos del silencio, nos dio la mayor lección de fortaleza que recibimos en la vida.
A los 13 años, asesinan a su padre en la puerta de su casa, y del dolor, muere su mamá a los pocos meses. Tuvo, entonces, la grandeza de ir a buscar al asesino a la cárcel para ofrecerle su perdón.
En ese momento, papá, quedaste marcado como el hombre de coraje inquebrantable y te convertiste en ese río caudaloso que nunca se cansó de dar y perdonar.
¡Gracias, amado Papá, porque sigues siendo el viento que impulsa mi camino, porque mami y tú nos enseñaron a descifrar lo infinito del amor y porque en nuestro ser y en nuestro andar sigues siendo eterno!